La DFS, la CIA y el narcotráfico, detrás del asesinato de Manuel Buendía

Documentos de la DEA a los que Archivos de Inteligencia MX tuvo acceso revelan indicios de una red entre el crimen organizado, el gobierno mexicano y la inteligencia de Estados Unidos en torno al asesinato de Buendía.

DIANA AVILA HERNANDEZ| 31.MAYO.2026

La tarde del 30 de mayo de 1984, Francisco Manuel Buendía Téllezgirón salió de sus oficinas en el sexto piso de la avenida de los Insurgentes, junto a su asistente Juan Manuel Bautista con quien caminó hasta el estacionamiento. A sus espaldas, un hombre le disparó en cuatro ocasiones a quemarropa y se dio a la fuga por la avenida hasta la calle Havre, donde dio la vuelta hacia Londres y se perdió.

Así se lee en la Investigación sobre el asesinato del periodista Manuel Buendía, realizada por la Dirección Federal de Seguridad (DFS) el 12 de junio de ese mismo año. En el documento, se consignan las declaraciones de varios testigos; entre ellos el propio asistente y otras personas que transitaban por el lugar.

Además, la DFS elaboró un retrato hablado del asesino para distribuirlo junto con su media filiación por los estados de la república y asignó a personal para la vigilancia en casetas de peaje, terminales aéreas, de autobuses y ferrocarriles.

La agencia también analizó la información recabada por los empleados de Buendía acerca de quiénes podrían ser posibles responsables. Entre ellos se mencionó, además del grupo de ultraderecha “Tecos” de Guadalajara, a Merthens, un ciudadano alemán que Buendía había acusado de ser agente de la CIA, e incluso al cantante Juan Gabriel.

Asimismo, se analizaron las ediciones de su célebre columna Red Privada, publicadas entre enero de 1983 y mayo de 1984, para “conocer el número de veces que atacó a diferentes personas”. El resultado arrojó que había mencionado en veintisiete ocasiones al director petrolero Jorge Díaz Serrano; dieciocho al presidente de Estados Unidos, Ronald Reagan; al Instituto Lingüístico de Verano unas dieciséis veces; al general Arturo Durazo Moreno, diez; a la CIA nueve, a Merthens, seis y a otros más.

En el estudio pericial se estableció, además, que el arma utilizada por el autor material había sido un revólver calibre 38 especial o una 357 Magnum y que se investigó a veintisiete personas en calidad de sospechosas. La investigación concluye puntualizando que “el homicida no es profesional, ya que las características de forma, tiempo y lugar permiten suponer otras circunstancias”, por lo que las averiguaciones seguirían su curso.

Los pasos de Buendía

Buendía había comenzado su carrera periodística en La Nación, órgano del Partido Acción Nacional (PAN) al que perteneció en su juventud, aunque años después sería uno de sus críticos más severos. En 1948 continuó su trabajo en La Prensa, donde se destacó como reportero de la fuente policiaca.

Después cubrió también las fuentes de la Presidencia y de las secretarías de Gobernación y Relaciones Exteriores. En 1957, publicaba por primera vez su emblemática columna “Red Privada”. Poco después, comenzó a ser vigilado por la DFS.

De acuerdo con la ficha catalográfica del periodista, ubicada en los archivos de inteligencia preservados en Archivo General de la Nación, el 9 de agosto de 1958 la DFS solicitaba la localización del automóvil Chevrolet, modelo 1951, color amarillo, placas 9-50-35, propiedad de Buendía.

En 1960, el columnista se convirtió en el director del diario La Prensa hasta 1963. Un año después, en 1964, fundó y dirigió el semanario Crucero, desde cuyas páginas reportó sobre las organizaciones de ultraderecha en México: el Movimiento Universitario de Renovadora Orientación (MURO) y el Frente Universitario Anticomunista (FUA).

Al mismo tiempo que ejercía el periodismo, también ocupó cargos públicos: primero como jefe de prensa del Departamento del Distrito Federal durante la administración de Alfonso Martínez Domínguez, hasta el 15 de junio de 1971.

Más tarde también fue jefe de prensa de Nacional Financiera, director de la oficina de Relaciones Públicas y Prensa de la Comisión Federal de Electricidad (CFE) y del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt).

Para 1976, comenzó una breve colaboración con la Organización Editorial Mexicana (OEM) y para 1977 pasó a publicar en El Universal y la Agencia Mexicana de Información, las cuales distribuyeron su “Red Privada” en los periódicos de todo el país.

En esta columna, abordó de forma destacada el desarrollo de las agencias de espionaje estadounidenses en México y sus vínculos con organizaciones de ultraderecha.

Cinco años después de su asesinato, el 14 de junio de 1989, fue detenido como presunto autor intelectual el ex director de la DFS, José Antonio Zorrilla Pérez. La investigación fue conducida por la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal (PGJDF) y quedó integrada en la Averiguación Previa 2470-85, del juzgado 34 de lo penal.

Según la declaración rendida ante el Ministerio Público por Roberto Velázquez Genis “El Cepillín”, fotógrafo de la DFS, Zorrilla estaba involucrado con Caro Quintero y otros narcotraficantes en el tráfico de drogas, e incluso él mismo había tomado fotografías a los capos para expedirles credenciales. Otro de los que declararon fue Rafael Caro Quintero, quién también afirmó haber tenido relación con elementos de la DFS a cambio de protección.

En la misma averiguación además se integró la declaración de César Vélez de la Rosa, quién afirmó que José Luis Esqueda Gutiérrez, director de Coordinación Política de Estados y Municipios de la Secretaría de Gobernación, había estado investigando la relación entre Zorrilla y el narcotráfico y le había entregado una copia de la investigación a Buendía, a manera de protección. Esqueda Gutiérrez también fue asesinado el 16 de febrero de 1985.

“Fama de periodista que respeta”

Manuel Buendía, como otros tantos periodistas de la época, trabajó muy de cerca con algunas de las agencias gubernamentales dedicadas al manejo de la información, por lo que a lo largo de su carrera entabló estrechas relaciones con funcionarios de los niveles más altos.

Esto quedó evidenciado en una carta que recibió la DFS en su archivo el 21 de mayo de 1979, en la que se leía “Don Miguel: Esta es una petición de ayuda, que voy a agradecer eternamente. La acompaño con la promesa de utilizar prudentemente la información que se me suministre… si ocurre tal cosa. Creo que me tengo bien ganada fama de periodista que respeta escrupulosamente el secreto profesional. ”

En esta comunicación, enviada por Buendía a Miguel Nazar Haro, subdirector de la DFS en ese momento, le solicitaba información sobre un grupo de estadounidenses que se habían instalado en Prado Sur 555 de las Lomas de Chapultepec, con el fin de averiguar si se trataba de una oficina de la Central de Inteligencia (CIA) de Estados Unidos.

Con el propósito de que Nazar Haro le proporcionara la información solicitada, Buendía le ofreció datos que consideró de utilidad para la DFS: en su carta adjuntaba una lista de “funcionarios sindicales mexicanos”, quienes estaban relacionados con instituciones usadas por la CIA para preparar agentes o colaboradores en América Latina, información que había obtenido a través de Phillip Agee, el ex oficial de la CIA en México.

En la misiva, Buendía finalizaba: “Tal vez un día de la próxima semana yo utilice este material; pero de todos modos, lo considero útil para sus archivos, ¿no?. Un abrazo.”

Años más tarde, durante la investigación por el asesinato del agente de la DEA, Enrique Camarena, elementos de esa corporación se entrevistaron con una fuente identificada como Lawrence Victor Harrison, pseudónimo de George Marshall Davis, ex informante de la CIA y les proporcionó información acerca del asesinato del periodista mexicano.

Las fuentes del periodista

De acuerdo con el reporte de investigación elaborado por el agente de la DEA Wayne Schmidt en los Angeles, California, al que Archivos de Inteligencia MX tuvo acceso, Harrison reveló que al momento del asesinato Buendía estaba llevando a cabo una investigación sobre la colusión entre Manuel Bartlett-Díaz, entonces secretario de Gobernación; Miguel Aldana Ibarra, ex comandante de la campaña de erradicación de enervantes de la Policía Judicial Federal (PJF) y Miguel Ibarra Herrera, ex director de la misma corporación, con los narcotraficantes.

En el mismo informe, clasificado como secreto, Harrison declaró ante la DEA que entre 1981 y 1984, Buendía habría recibido información de otro periodista de apellido Velasco, relacionada con el entrenamiento de paramilitares guatemaltecos en un rancho ubicado en Veracruz, propiedad de Rafael Caro Quintero.

En este escenario, habrían actuado en conjunto la DFS, la CIA y los narcotraficantes vinculados a Rafael Caro Quintero, con el fin de “asegurar el flujo de narcóticos a través de México hacia Estados Unidos”, además de traficar armas.

Según Harrison, estas operaciones habrían sido conducidas por la CIA, “utilizando a la DFS como cobertura, en caso de que surgieran preguntas sobre quién dirigía la operación de entrenamiento”.

El ex informante de la CIA aseguró, además, que en un operativo independiente a dicha operación encubierta, elementos de la PJF habrían llegado al rancho, donde diecinueve de ellos fueron abatidos por el grupo que allí se encontraba entrenando. “Muchos de los cuerpos mostraban señales de tortura; los cuerpos habían sido desmembrados”, se lee en el informe.

George Marshall Davis declaró que Buendía habría buscado a José Antonio Zorrilla, entonces director de la DFS, para reportarle la información recabada y pedirle consejo sobre cómo proceder. Zorrilla le habría advertido que no publicara nada al respecto dado que “la situación de la CIA con los narcotraficantes era muy delicada”.

Desde entonces, Zorrilla habría enviado a un grupo de agentes de la DFS, supuestamente para proteger al periodista y a su familia. Semanas después el periodista era asesinado.

Ese mismo 30 de mayo de 1984, una de las fuentes de Buendía -quien le habría proporcionado información sobre del tráfico de armas de la CIA y su conexión con los narcotraficantes mexicanos-, Edén Pastora, comandante de un grupo de los “contras” para combatir a los sandinistas en Nicaragua, sufría un atentado con bomba en la frontera con Costa Rica, operación que, según Harrison declaró ante los agentes de la DEA, habría sido planeada por la CIA.

El asesinato de Buendía, símbolo de generaciones enteras de periodistas mexicanos, es el caso más emblemático de censura contra la prensa en este país y representó un parteaguas en la defensa de la libertad de expresión y de la información.

Fotos: AGN